La historia · Lectura de unos 45 minutos
Diez mil años en el valle del Calima: quiénes vivieron aquí, qué les pasó y cómo llegó la finca.
Prólogo
Las tardes de viento, cuando el Lago Calima se llena de velas, cuesta imaginar que debajo hubo un valle. Pero lo hubo: un valle plano, con un río que daba vueltas entre potreros, y antes de eso campos rayados por zanjas, caminos rectos de varios metros de ancho y casas sobre terrazas en las lomas. El agua lo cubrió en 1966. Para entonces, la gente que hizo esos campos y esos caminos llevaba cuatro siglos sin vivir aquí.
Esta es su historia, y la de quienes vinieron después. Empieza hace unos diez mil años con un fuego en una loma, sigue con tres épocas de alfareros y orfebres que trabajaron el oro como pocos pueblos de América, y pasa por la llegada de los españoles, el derrumbe de un mundo, tres siglos de selva, los colonos con hacha y la presa que convirtió el valle en lago, un lago que con los años se llenó de velas, cometas y campeonatos. Y es también la historia de una familia que firmó aquí su primera escritura en 1943.
«Calima» no es el nombre de un pueblo. Es el nombre del río, y los arqueólogos lo usan para una sucesión de sociedades que vivieron en su valle alto: primero cazadores y recolectores, y después tres épocas que llamaron Ilama, Yotoco y Sonso, por los lugares donde se estudiaron. No sabemos cómo se llamaban a sí mismos. No dejaron escritura, y la tierra ácida de estas montañas disolvió hasta sus huesos. Lo que sabemos sale del barro, del oro, de lo que escribieron los cronistas españoles y de casi un siglo de investigación.
Las fechas antiguas son aproximadas, y los expertos las han ido moviendo a medida que aparecían pruebas nuevas. Donde no están de acuerdo, lo decimos.
Cada época, a escala. Si estos diez mil años cupieran en un solo día, los españoles llegarían a las once menos diez de la noche y el lago se llenaría nueve minutos antes de la medianoche.
Fechas aproximadas. Los expertos no coinciden en cuándo termina Yotoco y empieza Sonso; en varios sitios las dos épocas se traslapan.
Capítulo 1 · Hace unos 10.000 años
8000 a. C.
Un fuego en una loma, semillas de aguacate quemadas y piedras subidas desde el río.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Las lomas sobre el valle del Calima, vistas desde la finca. Foto: María Victoria Hoyos.
8000 a. C.
El Sauzalito, Darién
La huella humana más antigua del alto Calima está en El Sauzalito, una loma a pocos kilómetros al noreste de Darién, con vista sobre el valle. La encontró en 1987 el equipo de la Fundación Pro Calima. Allí acampó un grupo hace unos 10.000 años, cuando el mundo salía de la última glaciación y estas montañas se estaban calentando.
Dejaron poco, pero dice mucho: semillas de aguacate y nueces de palma quemadas en el fuego, cuentas hechas con piedras planas y herramientas talladas en cantos rodados que subieron desde el río, porque en esas lomas no hay piedras así. Algunas tenían forma de azada y se ataban a un mango de madera. No dejaron puntas de flecha ni de lanza.
De lo demás no sabemos casi nada. No quedaron huesos de animales para saber qué cazaban, ni restos humanos, ni casas: apenas el hueco de un poste. Tampoco sabemos cuántos eran.
El Recreo y El Dorado
Unos mil quinientos años después de El Sauzalito hubo otro campamento en El Recreo, también en Darién, con herramientas parecidas. El bosque que los rodeaba era andino, con robles, palmas y aguacates, y quizá con pequeños claros abiertos por la misma gente.
En el fondo pantanoso del vecino valle de El Dorado, los núcleos de polen guardan una sorpresa: polen de maíz de hace más de seis mil años. En estas montañas se sembraba milenios antes de que alguien hiciera una vasija de barro.
Después viene un silencio. Desde el tercer milenio antes de Cristo casi no hay sitios conocidos en el alto Calima. Cuando la pista reaparece, hacia el año 700 a. C., el valle ya tiene, en palabras de los arqueólogos, «agricultores establecidos con una cerámica sofisticada».
4700 a. C.
Bosque de la finca. Foto: María Victoria Hoyos.
Capítulo 2 · Primer milenio antes de Cristo
1000 a. C.
Las primeras aldeas del valle hicieron una de las cerámicas más bellas de Colombia.
Neblina sobre el bosque de niebla del Parque Nacional Farallones de Cali, cordillera Occidental de los Andes. Foto: Juan David Corrales Aguilar, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Recreación ilustrativa de una aldea Ilama, a partir de la vasija con forma de aldea del Museo del Oro; los detalles son interpretación.
Ilama
Las aldeas
Los Ilama fueron los primeros pueblos sedentarios del valle. Vivían en aldeas sobre lomas y terrazas naturales que aplanaban en escalones, y sembraban maíz, fríjol, ahuyama y arrurruz. Varios arqueólogos creen que llegaron subiendo por los ríos desde la costa del Pacífico; otros no están tan seguros.
Ninguna de sus casas quedó en pie: los pueblos que vinieron después removieron la tierra para construir y sembrar. Pero los propios Ilama dejaron un retrato. En el Museo del Oro hay una vasija que muestra, «sobre la cima de una loma», cuatro casas pequeñas alrededor de una más grande: rectangulares, con techo de dos aguas y una entrada en cada extremo, unidas por caminos que «desaparecen entre los árboles que rodean la colina».
La cerámica
Hacían alcarrazas, vasijas de dos picos unidos por un asa, con forma de cangrejo, de mono, de rana o de casa, decoradas con incisiones finas rellenas de pasta blanca y pintura roja y negra. «En algunas vasijas se refleja lo que debió ser un sistema de creencias rico y complejo», escribieron los arqueólogos de Pro Calima, «en el cual jugaron un papel especial serpientes y felinos».
También se retrataron a sí mismos. Las figuras muestran caras anchas, ojos ovalados y alargados, pelo liso, collares de una o dos vueltas de cuentas y bandas apretadas en los brazos y los tobillos, una costumbre que todavía conservan algunas comunidades indígenas. Hay mujeres que amamantan o cargan a sus hijos, y canasteros, hombres con un canasto a la espalda. Otros seres son mitad humanos y mitad animales, con brazos y collares que se vuelven serpientes.
Ilama
Vasija canastero con una figura de colmillos envuelta en serpientes, región Calima, período Ilama, 1500 a. C.-100 d. C., cerámica con engobe pintado. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Cerámica Ilama
Vasijas Ilama del Museo de Arte del Condado de Los Ángeles y del Instituto de Arte de Minneapolis.
Vasija canastero masculina, un hombre sentado con una canasta a la espalda, región Calima, período Ilama, 1000 a. C.-100 d. C., cerámica. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Vasija en forma de mujer arrodillada con doble vertedera, región Calima, período Ilama, 1000 a. C.-100 d. C., cerámica. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Vasija en forma de cangrejo (alcarraza) con dos vertederas y asa puente, región Calima, período Ilama, 1500 a. C.-100 d. C., cerámica con engobe pintado. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Vasija de doble vertedera y asa puente con una figura femenina recostada, región Calima, período Ilama, 1000 a. C.-100 d. C., cerámica. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Vasija de dos cámaras con figuras y asa puente, región Calima, período Ilama, 1000 a. C.-100 d. C., cerámica. Los Angeles County Museum of Art, Los Ángeles. Dominio público.
Vasija de figura masculina, cultura Calima, 100 a. C.-100 d. C., terracota. Minneapolis Institute of Art, Mineápolis. Dominio público.
Máscara antropomorfa de oro, región Calima, período Ilama, 1600 a. C.-100 d. C. según la cédula del museo, Museo del Oro, Bogotá. Foto: Panegyrics of Granovetter, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
Ilama
El oro
Sus orfebres martillaron máscaras de oro del tamaño de una cara, cada una de una sola lámina. La del Museo Metropolitano de Nueva York tiene mejillas abultadas, bolsas bajo los ojos, nariz ancha y una boca abierta de labios gruesos. Los ojos están perforados y tiene agujeros para amarrarla, así que pudo usarse en vida, en alguna ceremonia.
En 1989 se conocían quince máscaras así en museos, diez de ellas en el Museo del Oro de Bogotá. Una salió de unas tumbas que están bajo el cementerio de Darién.
Los muertos
Enterraban a sus muertos en pozos de metro y medio a dos metros de hondo, con una pequeña cámara lateral cavada justo donde el pozo llegaba a una capa de arcilla roja, más firme que la ceniza volcánica de encima. Algunas tumbas con máscaras de oro eran enormes: una en Llano Grande tenía ocho metros de profundidad.
Junto al muerto dejaban vasijas finas al lado de ollas de cocina tiznadas, curiosamente pequeñas, collares de cuentas verdes y de cristal de roca, hachas y piedras de moler. Los huesos no se conservaron: la tierra de estas montañas es tan ácida que los disolvió. Por eso sabemos tan poco de la gente misma y tanto de lo que hacía.
Ilama
Máscara de oro martillado, período Ilama (1000 a 100 a. C.). The Metropolitan Museum of Art, Nueva York (CC0).
Capítulo 3 · Desde el cambio de era
Año 1 a 1000
El valle se llenó de casas, campos y caminos, y sus orfebres hicieron el oro que hoy se conoce como oro Calima.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Reconstrucción de una vivienda calima de guadua y madera, Museo Arqueológico Calima, Calima-El Darién. Foto: Edgar Jiménez, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
Año 1
Un paisaje construido
Con los Yotoco el valle se llenó de gente. Vivían en tambos, pequeñas terrazas de cinco a diez metros cortadas en las laderas para una casa familiar, y solo en el valle de El Dorado los arqueólogos contaron más de 600. Las vasijas con forma de casa sugieren construcciones rectangulares con techo de dos aguas, como las de antes, y algunas de cuatro aguas.
«Al mirar las aerofotografías parece como si toda la región hubiera estado cubierta por viviendas y cultivos», escribieron los arqueólogos en 1982, aunque advertían que lo que se ve es la suma de más de un milenio y medio de ocupación. Pro Calima llegó a pensar que la región sostuvo en tiempos precolombinos más gente que la que vivía aquí a finales del siglo XX.
El agua
En el fondo plano de los valles, que había sido bosque y después pantano, levantaron camellones: lomos de tierra de hasta 50 metros de largo y dos a cuatro de ancho, separados por zanjas, que guardaban la humedad en verano y drenaban en invierno. Se usaron, con arreglos, durante unos 1.400 años. Sembraban maíz, fríjoles pequeños, ahuyama, arracacha y calabazos, y mascaban coca.
En el valle del Calima esos campos quedaron bajo el lago. Todavía se ven en las fotos aéreas tomadas para la CVC en junio de 1961, antes de la presa, y en 1962 el arqueólogo Warwick Bray los describió en el fondo del valle: «rasgos evidentes de un sistema de campos cultivados, constituidos por zonas con franjas paralelas».
Año 100
Vista aérea del lago Calima desde el oriente, con Calimita y Darién a la derecha, Valle del Cauca. Foto: Alessandro Verniani, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Recreación ilustrativa de un camino Yotoco; los detalles son interpretación.
Año 500
Los caminos
Los Yotoco abrieron una red de caminos que cruza las lomas en línea recta, desde las selvas de la vertiente del Pacífico hasta el valle del Cauca. Los principales medían entre 8 y 16 metros de ancho y se hundían hasta metro y medio en la tierra. «Todos los caminos siguen siempre la línea recta», anotó en 1945 el antropólogo Roberto Pineda, «sin presentar ningún zigzag para trepar a las colinas».
Los cortaban hasta la arcilla roja, de modo que se veían desde muy lejos; una arqueóloga cree que querían «ver hacia dentro y dejarse ver desde dentro». Nadie sabe por qué eran tan anchos: no hay señales de guerra ni ruedas, y una idea, sin pruebas, es que por ellos se cargaba en andas a los jefes. Al menos cinco bajan al fondo del valle que hoy cubre el lago, donde quizá hubo un poblado importante. Algunos se siguen usando, y los campesinos los llaman «caminos de indios».
Así se hacía
Los talleres Yotoco dejaron tantos recortes de lámina y alambre de oro que en sitios como El Madroñal, donde hoy está la presa, la gente de la zona los sacaba lavando la tierra en batea, «como en las minas».
Recreación ilustrativa a partir de las herramientas halladas en tumbas Yotoco.
Sobre losas de piedra dura y muy lisa, con martillos de piedra, adelgazaban el oro hasta volverlo lámina. En algunas tumbas aparecieron esas losas con sus martillos, y cinceles de piedra con oro todavía en el filo.
Ornamento de tocado con un rostro central y colgantes móviles, cultura Calima, período Yotoco, 100 a. C.-700 d. C., oro. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Las figuras se repujaban con punzones romos, con la lámina apoyada sobre algo blando como brea, cuero o madera. Las piezas grandes se armaban con muchas partes unidas con alambre de oro.
Remate fundido de un palillo para la cal, en forma de mono, período Yotoco. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Otras piezas, como los remates de los palillos para la cal, se fundían en moldes, a veces en tumbaga, una mezcla de oro y cobre.
Nariguera con colgantes que se movían con quien la llevaba, período Yotoco. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Muchas piezas muestran desgaste y reparaciones: se llevaron puestas en vida antes de ir a la tumba. Los colgantes se movían con quien las llevaba.
Los señores
Su orfebrería es la que hoy se conoce como oro Calima: diademas, narigueras, orejeras y pectorales de oro martillado, con rostros que a su vez llevan joyas diminutas. Un pectoral era apenas una parte del atuendo de un señor, que podía incluir tocado, nariguera, orejeras, brazaletes, bastón, lanzadera, frasco y palillo para la cal. El efecto, según el Museo Metropolitano de Nueva York, era el de «un cuerpo cubierto de oro», que brillaba y sonaba al moverse.
Casi toda la gente, en cambio, se enterraba sin oro. Las tumbas ricas eran pocas, y junto con los caminos, las plataformas y los campos elevados son para los arqueólogos señales de una sociedad con jefes y con artesanos especializados.
Año 700
Ajuar de oro hallado en una tumba del período Yotoco, montado como se habría llevado, Museo del Oro, Bogotá. Foto: Burkhard Mücke, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Colgante de figura enmascarada, cultura Calima, período Yotoco, 100 a. C.-700 d. C., oro fundido. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Año 700
La coca
Los palillos de oro más largos del Calima miden más de medio metro. Servían para sacar cal de un calabazo, el poporo, y llevarla a la boca junto con hojas de coca, como todavía lo hacen algunos pueblos indígenas de Colombia. Sus remates son pequeñas esculturas fundidas: monos, aves y figuras con el «rostro Yotoco», una cara con nariguera, orejeras y pelo escalonado que se repite en alfileres y colgantes.
Hay también hombres enmascarados: figuras de oro con bastón y escudo, la cara casi oculta tras la nariguera y la diadema, con un hocico de animal que asoma. Desde los Ilama, el arte de la región muestra seres que son a la vez humanos y animales, y algunos investigadores ven en ellos al chamán que se transforma, en esta región en murciélago.
Piezas de museo
Oro Yotoco y Calima en museos de Colombia y del mundo.
Pectoral de oro con rostro, período Yotoco, años 1 a 800. Cleveland Museum of Art (CC0).
Corona de oro martillado, período Yotoco. Museo del Oro, Bogotá. Foto: Burkhard Mücke (CC BY-SA 4.0).
Nariguera de oro con colgantes que se movían con quien la llevaba, período Yotoco, años 100 a 700. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Pectoral de oro con figura humana, período Yotoco. Museo Nacional de Colombia e ICANH. Foto: Anfecaro (CC0).
Alcarraza de cerámica de dos picos, estilo Yotoco, años 1 a 800. Cleveland Museum of Art (CC0).
Máscara de oro, período Ilama (1000 a 100 a. C.). The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Colgante de oro con una figura enmascarada, período Yotoco. Museo del Oro Calima, Cali. Foto: Anfecaro (CC0).
Alcarraza pintada con una figura mitológica, estilo Yotoco. Los Angeles County Museum of Art (dominio público).
Remate de un palillo de oro para la cal que se mascaba con coca, en forma de mono, período Yotoco. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Adorno de tocado con cabezas entre caimanes crestados, período Yotoco. Dallas Museum of Art. Foto: Daderot (CC0).
Vasija silbadora de cerámica, región Calima, años 100 a 900. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Orejera de oro, período Yotoco, 100 a. C. a 700 d. C. The Metropolitan Museum of Art (CC0).
Colgante de figura con cabeza de animal, cultura Calima, período Yotoco, siglos I-VII d. C., oro. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Cuentas de collar, un conjunto de 36 piezas pequeñas, cultura Calima, período Yotoco, siglos I-VII d. C., oro. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Brazalete con un rostro repujado, cultura Calima, período Yotoco, 100 a. C.-800 d. C., oro martillado. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Capítulo 4 · Del año 1000 a la conquista
1000 a 1536
Algodón, grandes plataformas de tierra y tumbas como cuartos bajo el suelo.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Otra manera de vivir
Hacia el final del primer milenio aparece en el valle otra manera de vivir. Los Sonso ocuparon un territorio más amplio, desde las selvas del Pacífico hasta el valle del Cauca, y sembraban maíz, yuca y algodón. Para entonces casi no quedaba bosque original. Hilaban con husos de volante de barro y dejaron sellos cilíndricos de cerámica, quizá para estampar telas o la piel.
Vivían en casas sobre plataformas cortadas en las laderas, solas o en grupos de hasta ocho, quizá con un piso de madera que salía sobre la pendiente apoyado en postes gruesos. En el fondo de los valles cavaron zanjas en cuadrícula, muchas veces encima de los camellones Yotoco. En las fotos aéreas, escribieron los arqueólogos, se ven «por lo menos tres sistemas hidráulicos superpuestos», incluido el de hoy.
Año 1000
Restrepo y sus lomas verdes, municipio vecino de Calima-El Darién, visto desde San Pablo, Valle del Cauca. Foto: Hgdieterle, Wikimedia Commons, dominio público.
Orejeras de oro en espiral, período Sonso, siglos XIII a XVI. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York (CC0).
1290
Lo sagrado
Construyeron plataformas de tierra de hasta 100 metros de largo; para una de ellas, la de El Billar, movieron por lo menos 3.600 metros cúbicos de tierra. Casi no tienen rastros de vivienda, así que quizá fueron espacios públicos o ceremoniales. En una de la hacienda El Dorado había piedras de más de un metro, algunas trabajadas, que estuvieron paradas con montones de vasijas rotas a sus pies.
En el fondo del valle de El Dorado, la arqueóloga Rocío Salas encontró un canasto cubierto de arcilla azul, lleno de cerámica, piedras y carbón, puesto a propósito sobre la grava de un canal antiguo por donde corría el agua. El carbón dio una fecha entre 1290 y 1420. Ella lo lee como un posible agradecimiento a la tierra y al agua.
Los muertos
Los cementerios Sonso impresionan. Algunos tienen más de cien tumbas en una sola loma, y en El Dorado hasta doscientas. Los pozos bajan de tres o cuatro hasta dieciséis metros, y al fondo se abre una cámara «del tamaño de un cuarto pequeño». La entrada, escribieron los arqueólogos, era «a manera de un portón diminuto con su dintel», y se tapaba con estacas después del entierro.
En las tumbas húmedas se conservó la madera: ataúdes, banquitos tallados de una sola pieza, lanzas, bateas, flechas y lanzadardos. En 1962, Warwick Bray compró a unos guaqueros un ajuar casi completo: una lanza de 99 centímetros, dos banquitos y una batea tallada en un tronco, con cuatro asas en cada extremo. El oro, en cambio, es escaso, sobre todo narigueras y discos, muchas veces de tumbaga.
Sonso
Recreación ilustrativa de un entierro Sonso, a partir de los ataúdes, banquitos y esteras hallados en tumbas húmedas; los detalles son interpretación.
Pectoral en forma de T, cultura Sonso, siglos XIII-XVI, oro. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
1536
Una pregunta abierta
Durante años los arqueólogos describieron a los Sonso como recién llegados que reemplazaron a los Yotoco: su cerámica es más sencilla, casi sin animales, y sus caras tienen la nariz aguileña en vez de recta. En 1982 llegaron a escribir que Sonso fue «una sociedad muy eficiente, masificada, donde la vida tenía perspectivas provincianas».
Los estudios recientes ven más continuidad que ruptura: los mismos sitios, las mismas clases de tumbas y ninguna señal de guerra. «Hay más elementos que los unen que aquellos que los diferencian», escribió Rocío Salas en 2017. Vivían en cacicazgos, y fueron ellos quienes vieron llegar a los españoles.
Alrededor de la finca
Estos pueblos no vivieron en un lugar lejano: vivieron justo aquí. En 1989 y 1990, antes de una parcelación en El Llanito, vecina de la finca, una excavación de rescate encontró un cementerio Ilama sobre una loma baja y la plataforma de una casa Sonso, con catorce tumbas en total.
Hay más alrededor. En Jiguales, un poblado en la cima de un cerro tenía una plataforma central de más de 500 metros cuadrados rodeada de 24 terrazas para casas. En Samaria se excavaron casi sesenta tumbas de las tres épocas.
En la familia se cuenta desde siempre que la mesa alta de la finca fue un lugar sagrado para estos pueblos. Encaja con lo que se sabe, porque escogían lomas aplanadas para vivir y enterrar a sus muertos, pero nadie la ha estudiado. Por eso el plan de la finca prevé un estudio arqueológico profesional antes de mover tierra allí.
Aquí
Foto: María Victoria Hoyos.
Capítulo 5 · De 1536 a 1540
1536
Desde Quito, por el sur, entraron al valle hombres a caballo que buscaban oro y un camino al mar.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Cieza de León describe el valle de Lile: casas «redondas, altas y armadas sobre derechas vigas» y seis caciques. Crónica del Perú, capítulo XXVIII, Sevilla, 1553. John Carter Brown Library (dominio público).
1536
La frontera del Calima
Ningún cronista nombra a la gente del alto Calima, pero sí a la de alrededor. Al sur, en las montañas que hoy son de Restrepo, Vijes y Dagua, había decenas de cacicazgos. El de Ylama, en el borde mismo de la cuenca, tenía 146 tributarios en 1552, y su cacique se llamaba Bonba. Al noroccidente, en las vertientes altas hacia el Pacífico, vivían los chancos, que según la historiadora Kathleen Romoli llegaban «hasta las cabeceras del Calima». Río abajo, el Calima era «el río de los yacos».
En las sierras que bajan hacia Cali vivían los gorrones, a quienes los españoles bautizaron por un pescado: cuando se fundó Cali, bajaban cargados de pescado gritando «¡gorrón, gorrón!». En el valle de Lile, que según Romoli es el valle alto de Las Pavas, a pocos kilómetros del Calima, Cieza de León contó seis caciques, casas «redondas, altas y armadas sobre derechas vigas» y bosques de chontaduro. Al lado mandaba Petecuy, «el más poderoso de todos sus comarcanos».
Eran, con toda probabilidad, herederos de los Sonso. Hablaban lenguas distintas a uno y otro lado de la cordillera, traían sal de la costa y mascaban coca con cal sacada de pequeños calabazos, como habían hecho sus antepasados durante mil años.
Desde Quito
En 1536, Juan de Ampudia y Pedro de Añasco salieron de Quito con los hombres que había dejado allí Pedro de Alvarado y bajaron al valle del Cauca por el sur. Detrás venía Sebastián de Belalcázar, el conquistador de Quito. Buscaban oro y un camino al mar del Sur.
A orillas del río Jamundí los esperaban guerreros con «coronas, con pectos y brazales / del más alto metal de los metales», según los versos que el cronista Juan de Castellanos escribió décadas después: coronas, pectorales y brazaletes de oro como los que hoy se ven en los museos. Perdieron. En el suelo de una casa, cuenta Castellanos, los españoles encontraron enterrados cinco mil pesos de oro.
Después subieron a las montañas de Petecuy. Castellanos pone en boca de la esposa del cacique un discurso para avergonzar a los guerreros que huían. Es una escena de poeta, pero otros testigos confirman lo esencial: la gente de Petecuy resistió. En 1552 ya aparece en encomienda de un vecino de Cali, Alonso de Fuenmayor, con 275 tributarios.
1536
Par de orejeras colgantes, cultura Sonso, siglos XIII-XVI, oro. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. CC0.
Santiago de Cali vista desde el cerro de Cristo Rey, en la cordillera Occidental. Foto: Reg Natarajan, Wikimedia Commons, CC BY 2.0.
1536
25 de julio de 1536
Belalcázar fundó Cali en 1536, primero «en los pueblos de los gorrones», al norte de donde está hoy, y al año siguiente Miguel Muñoz la trasladó a su sitio actual. Algunos historiadores del Valle creen que la primera fundación pudo estar cerca del río Calima, pero ningún documento lo confirma.
Con la ciudad llegó la encomienda: cada vecino español recibía pueblos indígenas que debían pagarle tributo y trabajar para él, a cambio, en teoría, de protección y doctrina. Cuando Cieza de León se fue de Cali, veintitrés vecinos tenían indios. Los caciques y su gente, escribió, «están en las sierras».
Un testigo
Pedro Cieza de León llegó a Cali en noviembre de 1538, con la expedición de Juan de Vadillo, y escribió su Crónica del Perú hacia 1547. Es el mejor testigo que tenemos. Vio a hombres y mujeres con la nariz perforada y unos clavos de oro retorcidos, que llamaban caricuris, «tan gruesos como un dedo», parecidos a las narigueras de los museos. Contó que los jefes se enterraban en «grandes y hondas sepulturas dentro de las casas», con comida, armas y oro.
También vio el costo. Los pueblos del valle, escribió, pelearon «muchas veces con los españoles por defender su tierra y ellos no ser subjetos», y algunos dejaron de sembrar para que el hambre echara a los invasores. El hambre llegó para todos: en Cali se vendió una cerda en 1.600 pesos y un pliego de papel en treinta. Y las vegas del gran valle, fértiles como eran, quedaron vacías, sin dar provecho «sino a los venados».
1538
Comienzo del capítulo sobre Cali en la Crónica del Perú de Pedro Cieza de León (Sevilla, 1553). El grabado es una escena genérica de la imprenta, no una vista de Cali. John Carter Brown Library (dominio público).
«Todo este valle (...) fue primero muy poblado de muy grandes y hermosos pueblos. Estas poblaciones y indios se han perdido y gastado con tiempo y con la guerra.»
Pedro Cieza de León, Crónica del Perú, 1553
Puerto y rada de Buenaventura, grabado de Niederhausern-Koechlin según un croquis de Charles Saffray, publicado en 1873. Charles Saffray, Voyage à la Nouvelle-Grenade, Le Tour du Monde, París, 1873. BnF Gallica. Dominio público.
1540
El camino al mar
En 1540 llegó por el Pacífico Pascual de Andagoya, rival de Belalcázar. Desde la costa vio bajar de las montañas un camino de indios que venían a hacer sal, por «aquella sierra y montaña, que es la más alta y áspera que se ha visto en Indias»: tan áspera que muchos de los perros de la expedición se devolvieron al mar. Su teniente, Juan Ladrillero, fundó el puerto de Buenaventura.
Andagoya llegó a Cali el 10 de mayo de 1540 y encontró treinta españoles, dieciocho de ellos tullidos. Donde le habían hablado de pueblos de quinientas y ochocientas casas, escribió, «no había dello memoria, salvo los cimientos». Y anotó lo que le preguntaban los indígenas recién bautizados: si los españoles decían buscar su vida y su salvación, «¿por qué los habían muerto con tanta manera de crueldades?».
Capítulo 6 · De 1540 a 1780
1552
En medio siglo, un mundo se vino abajo. Los documentos de la época dicen cómo.
Los Farallones de Cali, cumbres de la cordillera Occidental sobre Cali. Foto: Juan David Corrales Aguilar, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
El censo de Cali
En 1552 el cabildo de Cali mandó contar a los indígenas de su jurisdicción. El censo, que se conserva en el Archivo de Indias, en Sevilla, registró 3.344 tributarios, los hombres adultos que pagaban tributo, en 62 cacicazgos, con más de 2.300 nombres distintos. Casi todos vivían en las montañas, no en la llanura. La historiadora Kathleen Romoli los transcribió uno por uno en 1974.
Entre miles de nombres de hombres sobreviven solo cinco de mujeres: Chenchuga, esposa del cacique Coche; Mendi y Yocaba, de Lile; Nax, del pueblo de Talima, y Paca, esposa del cacique Chamba. Es casi todo lo que queda de sus voces.
Siete años después, en 1559, la misma zona tenía 2.343 tributarios. Según Romoli, cerca de un tercio de las familias había desaparecido en siete años.
1552
La Audiencia de Quito en el mapa de Antonio de Herrera, hacia 1601, con el puerto de Buenaventura, el río Cauca y Popayán en su borde norte. Antonio de Herrera, Descripción del Audiencia del Quito, hacia 1601-1605. Bibliothèque nationale de France. Dominio público.
El paso del Quindío, grabado de las Vistas de las Cordilleras de Alexander von Humboldt (París, 1810-1813): un carguero lleva a un viajero en una silla, como los que Cieza vio en el camino a Buenaventura dos siglos y medio antes. Getty Research Institute (dominio público).
1551
El tributo del cuerpo
No había camino para mulas entre Buenaventura y Cali. Todo subía a la espalda de los indígenas de la montaña: en 1551 cargaron unas 3.000 cargas, unas 77 toneladas, de la costa a la ciudad. Cada viaje de ida y vuelta tomaba 21 días: ocho de la montaña al mar, uno de descanso, ocho hasta Cali y cuatro en casa. El encomendero cobraba tres pesos de oro por carga.
Cieza los vio subir «con cargas y fardos de a tres arrobas y a más», y a algunos con «un hombre o una mujer» sentado en una silla de corteza a la espalda. «Si yo no hubiera visto y pasado por ellos», escribió, «ni lo creyera ni lo afirmara». En 1582, fray Jerónimo de Escobar llamó a ese tributo el más extraño que se conocía: los indios de la montaña pagaban «con su cuerpo», y en ese trabajo «han muerto muchos».
Los vecinos de Popayán ofrecieron abrir un camino llano para que los caballos llegaran al puerto. Según Escobar, los de Cali lo estorbaron para no perder el negocio, «siendo tan a costa de los pobres indios».
Fray Jerónimo de Escobar
En 1582, fray Jerónimo de Escobar escribió sobre las montañas de Cali: «Había en esta montaña más de ocho mil indios, y no han quedado seiscientos de todos con el continuo trabajo». De Cali entera dijo que había tenido más de 30.000 y no quedaban 2.000. Son cifras de un fraile, redondas y quizá exageradas, pero los censos cuentan la misma historia: en 1634 el gobernador contó 420.
Los documentos nombran las causas: la guerra, el hambre, la carga, el trabajo en las minas, los traslados forzados y la huida. Casi seguro hubo epidemias, como las de viruela y sarampión que recorrieron los Andes entre 1558 y 1560, pero ningún registro local las nombra.
1582
Antes, en la montaña de Cali: más de 8.000
600
indígenas, y ni siquiera eso, quedaban en 1582 «con el continuo trabajo».
Fray Jerónimo de Escobar, Relación de la Gobernación de Popayán, 1582.
Tributarios de Cali en 1552: 3.344
420
hombres indígenas contados en toda la jurisdicción de Cali en 1634.
Censo de 1552 y gobernador Villaquirán, 1634, según Kathleen Romoli.
Campesinos de Cali, acuarela de Manuel María Paz para la Comisión Corográfica, 1853. Biblioteca Nacional de Colombia (dominio público).
1600
Los que quedaron
No desaparecieron del todo. A los sobrevivientes los reunieron en pueblos de indios a lo largo del camino real: Yumbo, Mulaló, Vijes, Yotoco, Riofrío, Roldanillo. La mayoría, escribe el historiador Alonso Valencia Llanos, eran chancos y gorrones. De 32 poblados registrados entre 1600 y 1650, quedaban once a finales de la década de 1680, y siete en 1720.
En 1695, los caciques gorrones de Roldanillo todavía defendían sus tierras ante las autoridades. Pero en 1777 los indígenas eran apenas el 3 % de la jurisdicción de Cali: 330 personas entre casi 11.000. Su gente se había mezclado con la población campesina que hoy es el Valle.
Oro y esclavitud
Con los indígenas de la cordillera casi extinguidos, el oro del Pacífico se sacó con africanos esclavizados. Entre 1714 y 1736 llegaron al Pacífico más de diez mil, muchos a las minas del distrito de Buenaventura: el río Calima, el Dagua y el Raposo. El Calima de abajo, el que baja hacia el río San Juan, se volvió un río de oro trabajado por esclavos. A finales del siglo XVIII, siete de cada diez personas del Raposo eran esclavizadas.
Las mismas montañas fueron también un refugio soñado. Hacia 1761, un albañil esclavizado de Cali llamado Pablo reunió a decenas de hombres para escapar «a las montañas existentes detrás de la ciudad de Cali», fundar una comunidad libre, sembrar y buscar oro. Sus descendientes y los de miles como él, libres desde la ley de abolición de 1851, son hoy buena parte de la gente del Pacífico y de Cali.
1714
Modo de lavar oro en la provincia de Barbacoas, acuarela de Manuel María Paz, 1853; así trabajaron por siglos las cuadrillas mineras del Pacífico. Manuel María Paz, Comisión Corográfica, 1853. Biblioteca Nacional de Colombia. Dominio público.
Capítulo 7 · De 1600 a 1900
1600 a 1900
Sin la gente que los cuidaba, los campos, los caminos y las tumbas quedaron bajo la selva.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Mapa manuscrito del río Dagua, 1764, con Sombrerillo, un pueblo libre fundado por antiguos esclavizados de las minas y haciendas de la región. Mapa manuscrito de la región del río Dagua, 1764. Biblioteca del Congreso de EE. UU. Dominio público.
1700
Tres siglos de selva
Durante la Colonia, el alto Calima quedó por fuera de todo. En 1552 ni siquiera estaba en la jurisdicción de Cali, y después fue el borde sur de la frontera del Chocó. Ningún documento menciona allí un pueblo, una hacienda, una mina o un camino. Los caminos al Pacífico pasaban más al sur, por el Dagua y el Anchicayá.
Sin nadie que los limpiara, los campos, las terrazas y los caminos rectos de los antiguos quedaron bajo el monte. Todavía en 1962, Warwick Bray anotó que buena parte del valle se había desmontado «hace sólo dos generaciones», cuando las laderas estaban «cubiertas aún de densa vegetación». El nombre del río se siguió usando para ese valle alto, perdido entre la niebla.
«La cordillera de Occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos de terciopelo azul oscuro suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas.»
Jorge Isaacs, María, 1867
Los viajeros
En 1853, el profesor estadounidense Isaac Holton subió desde Vijes, en la falda de la cordillera, hasta una hacienda fría en la vertiente del Pacífico. En el jardín vio «una de esas curiosas tumbas indígenas llamadas guaca»: pozos cuadrados, algunos con cámaras laterales y pasadizos de una a otra, como las tumbas del Calima. «Las buscan con diligencia por el oro», escribió. «Al que tiene esa pasión, que naturalmente se vuelve una enfermedad mental, lo llaman guaquero».
Ese mismo año pasó por el Valle la Comisión Corográfica, el gran inventario geográfico del país que dirigía Agustín Codazzi; su pintor, Manuel María Paz, dejó acuarelas de Cali y de su gente. Y Jorge Isaacs describió esa misma cordillera, vista desde la hacienda El Paraíso, al otro lado del valle, en María, publicada en 1867.
1853
Vista de Cali y del nevado del Huila, acuarela de Manuel María Paz para la Comisión Corográfica, 1853. Biblioteca Nacional de Colombia (dominio público).
Las piedras levantadas en el camino del Dagua, grabado de E. Riou según un dibujo de Édouard André, 1876; la cordillera Occidental entre Cali y el Pacífico. Édouard André, L’Amérique équinoxiale, Le Tour du Monde, París, 1879. BnF Gallica. Dominio público.
1876
El monte empieza a caer
En 1876, el paisajista francés Édouard André cruzó la cordillera justo al sur del Calima, de Vijes a Las Pavas y el Dagua. Encontró Las Pavas, el valle que Romoli identifica con el Lile de Cieza, convertido en «un pueblo de fundación bastante reciente», con quinientos habitantes, una iglesia en construcción y platanales en los claros del monte. La gente, anotó, notaba que el clima había cambiado, y él solo podía atribuirlo a los desmontes. Más allá «comienza la región del Chocó», donde, según decían, «llueve trece meses de cada doce».
Su guía le mostró unas manchas blancas trescientos metros abajo de la trocha: «son los huesos de los viajeros y de las mulas que rodaron por la pendiente», le dijo, blanqueados por los gallinazos y las hormigas. Desde 1875 había un camino de herradura de tres metros de ancho de Cali a Córdoba, sobre el Dagua, y en 1878 empezó a construirse el Ferrocarril del Pacífico, que llegó a Cali el 1 de enero de 1915. En la cordillera, las hachas ya estaban abriendo el camino a los colonos.
Capítulo 8 · De 1902 a 1939
1907
Al tumbar el monte, los colonos encontraron debajo otro paisaje: los caminos, las terrazas y las tumbas de los antiguos.
Recreación ilustrativa a partir de la arqueología; los detalles son interpretación.
Después de la guerra
La Guerra de los Mil Días terminó en 1902 y dejó al país arruinado. En los años siguientes, familias de Antioquia, del Viejo Caldas y del propio Valle subieron a la cordillera Occidental en busca de tierra donde empezar de nuevo. Venían, como escribió un historiador, a cambiar «el oficio de la guerra por el hacha para descuajar montes».
Muchos llegaron al alto Calima por un camino que ya era viejo. Subía desde la llanura del Cauca por las haciendas La Mesa y El Espinal y el paso de Chicharronal, y las excavaciones demostraron después que era prehispánico. Sin saberlo, los colonos entraron por una de las rutas de los antiguos.
Arriba los esperaba un monte cerrado, húmedo y casi siempre con niebla. Los caminos eran trochas, la única forma de moverse era a caballo o en mula, y cada finca tenía su establo.
1902
Aserradores en el monte colombiano, fotografía de Frank M. Chapman publicada en 1913; así abrieron los colonos sus fincas en la cordillera. Foto: Frank M. Chapman, en Phanor J. Eder, Colombia, Londres, 1913. Internet Archive. Dominio público.
Recreación ilustrativa de lo que contaron los nietos de los colonos; los detalles son interpretación.
Hacia 1907
Bajo el monte
Hacia 1907 los colonos empezaron a tumbar monte para trazar un pueblo: un parque, lotes para la iglesia y las oficinas, y un sitio de mercado para la región. Lo construyeron con la madera que les sobraba alrededor.
A medida que caían los árboles apareció algo más. La arqueóloga Marianne Cardale lo oyó de los nietos de esos colonos: entre los troncos de la selva recién tumbada iba surgiendo «otro paisaje indígena, con sus antiguos campos de cultivo, los aterrazamientos que les permitían construir sus casas sobre las laderas» y, de vez en cuando, los grandes canalones que la gente llamó «caminos de los indios».
Para muchos no fue una sorpresa. Los que venían de Antioquia y del Viejo Caldas, escribe Cardale, «traían consigo conocimientos de la guaquería».
La fiebre de las guacas
Una guaca es una tumba antigua, y guaquero el que la busca. Para encontrarlas hundían en la tierra la mediacaña, una varilla que sale con un poco de suelo en la punta: donde la tierra estaba suelta, había un pozo debajo. En el alto Calima había miles de tumbas, y algunas tenían oro. «Dos y hasta tres generaciones de guaqueros», escribieron los arqueólogos, «han proveído a museos y colecciones particulares».
Al principio casi todo ese oro se vendía para fundir. Desde 1939, el Banco de la República empezó a comprar las piezas para su Museo del Oro, y en 1954 el arqueólogo José Pérez de Barradas escribió que el oro del alto Calima era ya «la nota más saliente» del museo. A finales de los años cuarenta la guaquería creció tanto que el Estado mandó a sus primeros arqueólogos a la región.
Es una paradoja de esta historia: mucho de lo que hoy sabemos de esos pueblos llegó a los museos por los guaqueros, y cada tumba saqueada se llevó para siempre la información que guardaba.
1939
Palillos de oro para la cal que se mascaba con hoja de coca, en el Museo del Oro Calima, en Cali. Foto: Aliman5040 (CC BY-SA 4.0).
1935 · El valle de El Dorado, vecino del Calima
En 1935, el arqueólogo sueco Henry Wassén excavó nueve tumbas cerca de la casa de la hacienda El Dorado, entre Restrepo y Yotoco, con la ayuda de tres guaqueros de la zona: Leonidas, su hijo Alfonso y César. Sus fotos son de las pocas que quedan de esos años.
Hacienda El Dorado, valle de El Dorado. Henry Wassén, 1935. Museo de Culturas del Mundo, Gotemburgo (CC0).
Leonidas prueba el suelo con una mediacaña para encontrar el pozo de una tumba.
Hacienda El Dorado, valle de El Dorado. Henry Wassén, 1935. Museo de Culturas del Mundo, Gotemburgo (CC0).
Wassén con Leonidas, Alfonso y César junto al torno que usaban para sacar la tierra del pozo.
Terrazas al norte de la hacienda El Dorado. Henry Wassén, 1935. Museo de Culturas del Mundo, Gotemburgo (CC0).
En las terrazas al norte de la hacienda, los cráteres que dejaron los buscadores de tesoros.
Cafeto con granos verdes en una finca de Darién, Valle del Cauca. Foto: Neil Palmer (CIAT), Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.
1912
El pueblo
Al principio el caserío se llamó Calima, como el río. Nicolás Restrepo, uno de los fundadores, lo rebautizó El Darién: entre más se metían en la cordillera, más espesa, húmeda y neblinosa era la selva, y le recordaba las del Darién, entre el Chocó y Panamá. Un libro de 1964 nombra como fundador a Francisco Jesús González. Lo más probable es que fueran muchos.
Tampoco hay una sola fecha: los papeles dicen 1907, 1910, 1912 y 1913, y el municipio fecha la fundación en 1912. La parroquia se erigió en 1916, en 1918 el caserío pasó a ser corregimiento de Yotoco, y hacia 1924 un particular montó un generador de diez kilovatios que apenas alcanzaba para unos pocos bombillos.
El 23 de junio de 1939, la Ordenanza 049 de la Asamblea del Valle creó el municipio, que recuperó el primer nombre: Calima, con El Darién como cabecera. Se vivía del maíz, el fríjol, la yuca, el plátano, la caña y los cerdos, y cada vez más del café, que bajaba de las fincas a lomo de mula.
Capítulo 9 · De 1943 a 1948
1943
Una finca reunida en cinco años, siempre con la misma familia vendedora.
Foto: María Victoria Hoyos.
27 de abril de 1943
Antes de ser de los Hoyos, la tierra de Berlín II era de la familia Ochoa Mejía. No sabemos desde cuándo: ese dato está en escrituras antiguas que todavía no hemos podido consultar.
Víctor Hoyos Torres, un médico de Tuluá que había cambiado el consultorio por el ganado, no compró la finca de una sola vez. La reunió en tres momentos, siempre con los Ochoa Mejía. La primera escritura es del 27 de abril de 1943, en la Notaría 1 de Cali.
Eran los años de la colonización del alto Calima. El municipio tenía cuatro años, el café bajaba en mula y abajo, en el fondo del valle, el río todavía corría entre potreros.
1943
Foto: María Victoria Hoyos.
Foto: María Victoria Hoyos.
1947
8 de julio de 1947
El 8 de julio de 1947 firmó dos escrituras más en la Notaría 2 de Cali, una permuta y una compraventa. La última llegó el 1 de marzo de 1948, otra vez en la Notaría 1, con los cuatro hermanos Ochoa Mejía.
De todas esas fechas, la familia eligió el 8 de julio de 1947 como la suya. La llama «la promesa de amor», y es el año que va en el logo: Valle del Cauca, 1947.
Capítulo 10 · De 1954 a 1967
1966
Una presa de 110 metros convirtió el fondo del valle en lago y cubrió diez mil años de historia.
Foto: María Victoria Hoyos.
Una idea de Tennessee
En febrero de 1954 llegó a Colombia David Lilienthal, que había dirigido la Autoridad del Valle del Tennessee, en Estados Unidos, el gran ejemplo de la época de cómo represar ríos para llevar luz y desarrollo a una región. De todo lo que recorrió, solo el valle del Cauca le pareció listo para copiar el modelo.
El 22 de octubre de 1954, el Decreto 3110 creó la corporación que hoy se conoce como CVC, «siguiendo las prácticas y métodos del TVA». Su primera tarea era producir electricidad, y los estudios ya habían señalado al río Calima: un cañón estrecho en El Madroñal, donde el río sale del valle, y arriba un valle plano, ideal para guardar agua.
1954
Caña de azúcar en el fondo del valle del Cauca, en Buga, con la cordillera Occidental al fondo, Valle del Cauca. Foto: Hoako, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
La presa del Calima hoy. Foto: María Victoria Hoyos.
1961
Las obras
Las obras empezaron en agosto de 1961, a cargo de la constructora estadounidense Perini. Llegaron a trabajar cerca de 1.300 hombres en campamentos junto al cañón, abriendo túneles y levantando una presa de tierra de unos 110 metros de alto. Darién vivió una bonanza de restaurantes, cantinas, tiendas y posadas.
No fue fácil. El 2 de abril de 1962, unos 700 trabajadores se fueron a la huelga por una diferencia de 23 centavos en el salario; el paro duró semanas y terminó con soldados en la obra. Más de una docena de hombres murieron durante la construcción, casi todos en los túneles, y en abril de 1963 una creciente dejó el puente de El Madroñal bajo tres metros de agua.
Lo que se alcanzó a salvar
Antes de que el agua lo cubriera, alguien tenía que mirar el fondo del valle. Entre julio y septiembre de 1962, un equipo de la Universidad de Cambridge dirigido por John Robinson, con el arqueólogo Warwick Bray y apoyo del Instituto Colombiano de Antropología, recorrió el valle: registró 75 petroglifos, recogió material de más de 65 sitios de vivienda y excavó 12 tumbas. Se alojaron en el campamento de la constructora y se movían en los carros del servicio contra la malaria.
Bray anotó que buena parte del valle se había desmontado «hace sólo dos generaciones». Los botánicos del grupo prensaron las plantas del fondo del valle en hojas que hoy guardan el Smithsonian, en Washington, y los Jardines de Kew, en Londres. Son de los últimos testigos de ese paisaje.
1962
Begonia recolectada el 5 de septiembre de 1962 en Campo Allegro, valle del Calima, por la expedición de Cambridge, semanas antes de que avanzaran las obras. Herbario Nacional de los Estados Unidos, Smithsonian Institution (CC0).
Archivo de la familia. Foto: María Victoria Hoyos.
1966
12 de enero de 1966
Víctor Hoyos Torres murió a los 73 años, antes de que se inaugurara el lago. El 12 de enero de 1966, un juzgado civil de Cali adjudicó su sucesión a su viuda y a sus tres hijos.
La familia todavía guarda los recortes de prensa de esos días.
Nace el Lago Calima
El 28 de mayo de 1966, al mediodía, el presidente Guillermo León Valencia movió un pequeño botón en el tablero de control e inauguró la central. El agua ya venía subiendo y terminó de llenar el valle entre 1966 y 1967.
Cubrió unas 1.900 hectáreas, cerca de la mitad de la tierra plana del alto Calima: potreros de unas pocas haciendas grandes, sembrados de caña, fríjol y maíz, unas 30 construcciones, los caminos a Restrepo y a Buga y dos puentes. Y debajo, los campos elevados, los caminos rectos y las tumbas de los Yotoco.
La finca es 23 años más antigua que el lago.
28 de mayo de 1966
Foto: María Victoria Hoyos.
En 1964: 13.679
9.018
habitantes en el municipio de Calima en el censo de 1973, un tercio menos. Parte de la caída son los obreros de la presa que se fueron.
Censos de 1964 y 1973, Anuario Estadístico del Valle, 1985.
1973
Después de las obras
Cuando terminaron las obras, los trabajadores se fueron y el agua dejó sin empleo a muchas familias que trabajaban en las haciendas del fondo del valle: mayordomos, vaqueros, jornaleros. Un historiador de la Universidad del Valle describe el pueblo de esos años con «un ambiente de vacío, abandono y melancolía».
En 1970, una comisión del pueblo con el cura párroco viajó a El Peñol y Guatapé, en Antioquia, para aprender a reclamar: el municipio había perdido el 40 % de sus rentas y, decían, la CVC no lo había indemnizado «en lo más mínimo». Después llegaron programas de la CVC: cooperativas, crédito, café y cursos para pescadores.
Capítulo 11 · De 1966 a 1992
1969
Pescadores, remeros, herederos y arqueólogos: los primeros años del agua.
Darién y el Lago Calima desde lo alto, 2017. Foto: Bryant Stiven Salazar Aguirre, dominio público, vía Flickr.
19 de julio de 1969
El agua dejó sin trabajo a muchos jornaleros del fondo del valle, pero trajo un oficio nuevo. El 19 de julio de 1969, tres años después de la inauguración, un funcionario de la CVC se reunió con «el grupo de pescadores del lago Calima» para hablarles de métodos racionales de pesca y de la posibilidad de formar una cooperativa. En esos años la CVC les dio cursos.
Los peces del río tuvieron que acomodarse. La sabaleta y el barbudo quedaron encerrados entre la presa y los ríos de arriba, y con los años llegaron especies sembradas: en 1994 y 1995 la CVC soltó unos 40.000 alevinos de bocachico y de tilapia del Nilo para los pescadores artesanales. En 2016, la tilapia ya era casi dos terceras partes de la pesca.
En 2020, después de que los propios pescadores llevaran una propuesta, la autoridad de pesca reglamentó el embalse: atarraya y red agallera con malla mínima, y nada de pesca junto a la presa. Todavía pescan en canoas de madera, a remo. Uno de los sitios de pesca de la lista oficial se llama Berlín.
1969
Pescador en canoa en el Lago Calima. Foto: Gregor Garcia (CC BY-SA 4.0).
Amanecer en el Lago Calima: el agua quieta de la mañana, antes del viento. Foto: María Victoria Hoyos.
1971
VI Juegos Panamericanos
En 1971, cinco años después de la inauguración, Cali organizó los VI Juegos Panamericanos y llevó el remo al lago recién hecho. Un técnico enviado desde México pasó quince días diciendo cómo montar la competencia, y los remeros durmieron en el hotel que la hidroeléctrica había levantado para sus ingenieros, el mismo que años después pasaría a Comfandi. Fue el primer evento deportivo internacional en el Lago Calima.
Pero el técnico, recordó después Jaime Aparicio, uno de los organizadores, «no había contado con el viento que había en determinada hora», y hubo que cambiar un poco la programación. El argentino Alberto Demiddi, campeón mundial, ganó el single scull. Fue el primer aviso de lo que vendría: este lago tiene horario de viento.
Marzo de 1975
Nueve años después, en marzo de 1975, los herederos dividieron la hacienda en tres con una escritura en la Notaría 2 de Buga. De ahí viene el II de Berlín II: es la del medio, la que sigue en la familia.
1975
Foto: María Victoria Hoyos.
Reconstrucción museográfica de un hombre calima con su ajuar de oro, Museo del Oro Calima, Cali; es una figura moderna, no una pieza antigua. Foto: Aliman5040, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
1979
Los arqueólogos vuelven
En 1979, con dinero de entusiastas suizos, nació la Fundación Pro Calima, que financió durante años las excavaciones de Warwick Bray, Leonor Herrera y Marianne Cardale en casas, campos y cementerios del alto Calima. Trabajaron cada verano desde 1980. A ellos se debe buena parte de las fechas de esta página.
En 1981, el INCIVA, el instituto de patrimonio del Valle, abrió en Darién el Museo Arqueológico Calima, el primer museo regional del suroccidente colombiano. Guarda más de 1.800 objetos y en sus jardines hay réplicas de casas prehispánicas. Vale la visita.
Agosto de 1992
Desde mediados de los años ochenta, las fincas de la orilla empezaron a partirse en casas de recreo, y en los noventa se pavimentaron las vías. En agosto de 1992, El Tiempo contaba que al lago llegaban «unas cinco mil personas cada fin de semana». Había ocho hoteles con más de 200 habitaciones; solo el de Comfandi tenía 40 y 31 cabañas. El municipio iba a poner baños en los campings de la orilla: El Refugio, Florencia y Berlín.
Cada agosto, además, el pueblo se llenaba para las Fiestas del Verano, con reinado, cabalgata y concursos. Si se cuentan hacia atrás sus ediciones (la número 60 fue en 2025), empezaron el mismo año que el lago.
El agua también cobró vidas. En 1988, según El Tiempo, naufragó durante una fiesta una barca con 18 personas y murieron 14. Para 1998 los bañistas solo podían entrar por dos playas públicas, se prohibía navegar en las zonas de baño y después de las tres de la tarde, y el uso del chaleco salvavidas había pasado del 5 % al 98 %. «Al lago hay que respetarlo», decía ese año el comandante de bomberos, Gerardo Mosquera.
1992
Un domingo de verano en una playa pública del lago, julio de 2012. Foto: Conocecolombia, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Vasija silbadora de dos cámaras con figura enmascarada, Malagana, valle del Cauca, 300 a. C.-200 d. C., arcilla y pigmento, Museo de Israel, Jerusalén. Foto: Silva Selva, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
1992
Una advertencia
A finales de 1992, unas máquinas que nivelaban un cañaduzal en la hacienda Malagana, cerca de Palmira, abrieron un cementerio de hace unos dos mil años, lleno de oro. En pocas semanas llegaron miles de personas, familias enteras «pala en mano», puestos de comida y, según los arqueólogos, más de un muerto. Se calcula que salieron entre 300 y 500 libras de oro.
Los arqueólogos de Pro Calima escribieron la moraleja: más triste que no haber encontrado Malagana fue «haber tenido que presenciar cómo se deshizo ante nuestros ojos». Es una de las razones por las que la finca hará un estudio arqueológico antes de mover tierra en la mesa alta.
Capítulo 12 · De 1982 a hoy
1982
El agua que llegó para dar luz trajo también una pista de carreras: velas, cometas y tablas de medio continente.
Cometas sobre el Lago Calima, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
El viento que ya estaba
El viento llegó antes que el lago. En los papeles de la licitación de 1960, cuando la presa todavía no existía, los ingenieros de la CVC anotaron que en el valle soplaba un viento del oeste, por lo general en las tardes, entre el mediodía y las siete de la noche. Más de sesenta años después sigue llegando a la misma hora.
Es un viento de sol. Las mañanas suelen ser tranquilas; hacia el mediodía el aire empieza a moverse desde el lado del Pacífico, y las buenas tardes traen de 15 a 25 nudos, unos 30 a 45 kilómetros por hora. Con él entra muchas veces la niebla que en Darién llaman El Brujo, por el cañón del río Bravo. Cuando llueve, el viento suele parar.
El lago es largo y angosto, unos 13 kilómetros por kilómetro y medio. Para una vela, eso es una pista.
Cada tarde
El Lago Calima a lo largo: unos 13 kilómetros de agua entre montañas. Fotograma de video: Mauricio Valencia, CC BY 3.0, vía YouTube.
Así eran las primeras tablas: windsurfistas en Helsinki, Finlandia, en junio de 1979 (no es el Calima). Foto: Volker von Bonin / Museo de la Ciudad de Helsinki, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.
Hacia 1982
La tabla vela
La tabla con vela, patentada en California en 1968, llegó a la región hacia 1982. «El windsurf se conoció hace diez años en la región», escribió El Tiempo en 1992, cuando ya navegaban en el lago desde niños de seis años hasta navegantes de casi sesenta. Comfandi había abierto un club de vela en su sede del lago hacia 1990, y se formaba otro club con unos sesenta windsurfistas.
En 1995, en la orilla se alquilaba una tabla por 8.000 pesos la hora, y un curso de tres días costaba 50.000. Los periódicos ya lo ponían entre los mejores vientos del mundo para navegar. Nadie lo había medido; los que venían a competir lo comprobaban en el agua.
Campeonato Suramericano de Windsurf
En 1991 el Lago Calima recibió su primer Campeonato Suramericano de Windsurf: 45 navegantes de diez países. Rafael Aljure, del Valle, quedó sexto, el mejor de los locales.
El campeonato volvió en septiembre de 1996, en su décima edición. Ganaron el argentino Sergio Melhe y la venezolana Colett Guadagnino, y el colombiano Mauro Medina se llevó la categoría máster. Ya no era una visita: el lago empezaba a estar en el calendario del continente.
1991
Windsurfistas en el Lago Calima, vistos desde un dron, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
Una tabla de Fórmula Windsurf, la clase que se corrió en Calima en 2004 y 2007 (foto tomada en otro lugar). Foto: Windsurf ro, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Septiembre de 2004
XVIII Campeonato Suramericano
Del 14 al 19 de septiembre de 2004, el lago fue sede del Suramericano por tercera vez, ahora en Fórmula Windsurf, la clase de carreras con tablas anchas y velas enormes, y en slalom, a pura velocidad. Corrieron unos 60 navegantes de Chile, Argentina, Brasil, Perú y Colombia, con base en el club Velas y Vientos.
Las regatas de Fórmula se corrieron con vientos de 10 a 25 nudos, y el slalom con 28 a 30. «El lugar fue increíble: tuvimos viento todos los días, para todo», escribió uno de los corredores en la página internacional de la clase. Ganó el argentino Gonzalo Costa; el colombiano Jean Paul Liechti fue cuarto en Fórmula y tercero en slalom, y Mónica Villegas, de Buga, ganó en mujeres.
XXI Campeonato Suramericano
En octubre de 2007 llegó el cuarto Suramericano, junto con el XVI Campeonato Nacional, organizados por el club Velas y Vientos y la Liga Vallecaucana de Vela. El primer día no se pudo correr: el comité de regata registró vientos «de 0 a 37 nudos», contó el brasileño Wilhelm Schurmann en sus crónicas. Los días siguientes sopló de 12 a 28 nudos, con ráfagas de hasta 33.
La regata larga bajaba de 6 a 8 kilómetros por el lago y volvía. «El lago es largo pero no muy ancho», escribió Schurmann, «así que hay que trasluchar y virar mucho, y navegar con táctica». Ganó otra vez Gonzalo Costa Hoevel; Schurmann fue segundo y Jean Paul Liechti, bronce. Mónica Villegas volvió a ganar en mujeres, y hubo títulos colombianos en juveniles y en súper máster.
Octubre de 2007
Tarde de viento: el agua picada del Lago Calima. Foto: María Victoria Hoyos.
«Una vez más, el Lago Calima mostró por qué es uno de los mejores lugares para competir.»
Wilhelm Schurmann, subcampeón suramericano de Fórmula Windsurf, 2007
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campeonatos suramericanos de windsurf en el lago: 1991, 1996, 2004 y 2007.
El Tiempo (1992, 1996, 2004, 2007); Formula Windsurfing.
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nudos, unos 68 km/h: el viento más fuerte que anotó un comité de regata en las crónicas que encontramos, en octubre de 2007. Ese día no se pudo correr.
Crónicas de Wilhelm Schurmann, formulawindsurfing.org, 2007.
1991 a 2007
El lago en el calendario
Entre 1991 y 2007, el Lago Calima fue sede de cuatro campeonatos suramericanos de windsurf. Los títulos generales que conocemos se los llevaron Argentina y Venezuela; Colombia ganó categorías y un bronce en Fórmula.
Llega la cometa
Víctor Bolaños nació en Restrepo, uno de los municipios a orillas del lago, y creció en el club Velas y Vientos, donde sus padres, Milton y María Esperanza, eran los mayordomos. De niño, cuenta el Comité Olímpico Colombiano, veía el agua de lejos: el Lago Calima «era el patio de su casa». A los once años subió a un Optimist gracias a un programa de deportes del Valle.
En 2009 cambió el barco por la cometa, con el entrenador del club José Barrios. El kitesurf, la tabla arrastrada por una cometa, había llegado al lago, y el mismo viento que empujaba las velas le servía todavía mejor. Bolaños fue campeón nacional desde ese año.
Por esos años, dos médicos anestesiólogos, Carlos Salas y Martha Acevedo, abrieron una escuela de vela para los niños de la zona, que en 2012 se volvió el Club Náutico del Pacífico. Su lema es «Vivir para navegar». «Los “doctores” nos han brindado muchas oportunidades», decía en 2019 Paula Sánchez, de Restrepo, segunda del país en Optimist a los 14 años.
«Soy el hijo del mayordomo de uno de los clubes de vela del lago Calima. [...] Siempre he entrenado en el lago Calima.»
Víctor Bolaños, a ClaroSports, 2024
2009
Un kitesurfista abre un abanico de agua en el Lago Calima, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
Kitesurf en el Lago Calima, agosto de 2015. Foto: Juan Sebastian Aparicio, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
2017
Primera Válida Nacional de Kitesurf
En 2017 el lago recibió la primera válida del campeonato nacional de kitesurf. Llegaron siete adolescentes wayuu del Cabo de la Vela, en La Guajira, donde el viento del Caribe sopla todo el año. Tenían tres cometas para los siete, de tallas que no les servían, y se turnaban. La Guajira no tenía liga de kite, así que los patrocinó la de Bogotá.
Ganaron la categoría juvenil masculina, con Rafael «Kayuya» Ipuana, de 17 años, y tres terceros puestos. «Para mí fue una experiencia increíble porque nunca había ido a este lago, aunque nos dio duro el clima porque hacía mucho frío y aquí en el Cabo estamos acostumbrados al calorcito», le contó a El Heraldo Beto Gómez, tercero en avanzados.
En agosto de ese año, toda la vela de los Juegos Nacionales de Mar y Playa se corrió en el Lago Calima: Sunfish, windsurf slalom, kite y Optimist.
XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe
En 2018 Barranquilla organizó los Juegos Centroamericanos y del Caribe, y mandó dos deportes a 1.400 metros de altura: el remo, del 20 al 23 de julio, y el canotaje de velocidad, del 31 de julio al 2 de agosto, se disputaron en el Lago Calima. México dominó el remo.
Era el primer remo internacional en el lago del que hay registro desde 1971.
Julio de 2018
Salida de K-4 en la pista del lago, Juegos Panamericanos Junior 2021. El remo y el canotaje de 2018 se corrieron en esta misma agua. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
Premiación del C-2 500 metros femenino a orillas del Lago Calima: oro para Chile, plata para México y bronce para Colombia, la primera medalla del país en esos Juegos. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
Diciembre de 2021
I Juegos Panamericanos Junior
Cincuenta años después de 1971, los primeros Juegos Panamericanos Junior pusieron cuatro deportes en el lago: canotaje, triatlón, remo y vela. Se construyó un muelle nuevo. El 26 de noviembre de 2021, las canoístas Manuela Gonzales y Madison Velásquez ganaron en el lago la primera medalla de Colombia en esos Juegos, un bronce en C2 500 metros.
Los organizadores usaron el horario del viento. «Los vientos se mueren durante varias horas en las mañanas, lo que permite las pruebas de aguas planas», explicó la federación mundial de remo. Un equipo peruano llegó con sus botes en un tráiler, manejando 2.520 kilómetros desde Lima.
La vela, en cambio, necesitaba el viento. Del 2 al 4 de diciembre corrieron 43 regatistas de 20 países en ILCA, el velero olímpico de una persona, y en iQFoil, la tabla olímpica que navega levantada sobre un ala sumergida, como si volara. Fueron las primeras regatas de foil documentadas en el lago. Ganaron el argentino Marcos Quiroga y la mexicana Mariana Aguilar en iQFoil, y el chileno Clemente Seguel y la uruguaya Dolores Moreira en ILCA.
Juegos Panamericanos Junior · Noviembre de 2021
El canotaje de velocidad de los Juegos, del 25 al 27 de noviembre, en fotogramas de los videos de la carrera.
Dos K-1 contra la luz en la pista del lago. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
La canoa de Colombia en la serie del C-1 1.000 metros, 25 de noviembre de 2021. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
Un K-4 de frente, entre las boyas de la pista. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
José Pelier, de Cuba, en la serie del C-1 1.000 metros. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
Los C-2 de México y Cuba, recién cruzada la meta de los 1.000 metros. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
Salida del K-4 femenino; adelante, el bote de Argentina. Fotograma de video: Full Canotaje, CC BY 3.0, vía YouTube.
XXII Juegos Nacionales
En noviembre de 2023, los Juegos Nacionales trajeron al lago la vela, el esquí náutico y el canotaje. La flota Snipe corrió ocho regatas con vientos «entre 5 y 30 nudos»; el santandereano Simón Gómez Ortiz ganó el oro en iQFoil, y Bogotá ganó otra vez el esquí náutico. Un año después, en 2024, la vela de los primeros Juegos Nacionales Juveniles también se corrió aquí, con kite, wingfoil, Sunfish e ILCA.
El calendario de la federación de vela ya trae entre tres y cinco competencias al año en el lago: copas de kite, de wingfoil, de windsurf y de veleros, organizadas por clubes y escuelas de la orilla. El triatlón también se quedó: en mayo de 2024 se corrió la Copa Americana de Triatlón, y en junio de 2025 el Campeonato Americano, con más de 600 deportistas de 20 países.
Noviembre de 2023
Veleros de una persona en el Lago Calima, agosto de 2015. Foto: Juan Sebastian Aparicio, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Un día cualquiera
Velas, cometas y lanchas en el Lago Calima, de 2008 a hoy.
Un velero de una persona bajo las lomas de la orilla, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
Kitesurf frente a los potreros de la orilla, 2014. Foto: Compucalima, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Cometas sobre el lago, vistas desde una playa, 2015. Foto: Francy Rodriguez, CC BY-SA 2.0, vía Flickr.
Motos de agua y lanchas en un muelle público, 2022. Foto: Remux, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Una lancha pasa una línea de boyas, 2008. Foto: jmisael123ct, CC BY-SA 2.0, vía Flickr.
Una lancha cruza el lago, 2016. Foto: Simonabarroco, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Más allá de la vela
El viento no es lo único. Desde miradores como Alto Tribunas, a 2.100 metros, se vuela en parapente biplaza sobre el embalse, y desde 2024 el Reto del Duende, una carrera de montaña que ya cuenta para el índice internacional UTMB, recorre las lomas del Calima.
Wakeboard en el Lago Calima, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
Detrás de una lancha, en las horas sin viento. En los Juegos Nacionales de 2023, Bogotá ganó el esquí náutico en este lago.
Wingfoil en el Lago Calima, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
La disciplina más nueva: un ala en las manos y una tabla que vuela sobre el agua. Llegó a las competencias del lago en 2023.
Ciclomontañismo a orillas del Lago Calima, 2012. Foto: Grillobike, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
Las travesías de ciclomontañismo recorren las orillas por caminos de tierra desde hace más de una década.
Kitesurf en el Lago Calima, 2026. Fotograma de video: Tribu Travel Co., CC BY 3.0, vía YouTube.
Agosto de 2024
Juegos Olímpicos de París
En 2019 Víctor Bolaños fue campeón de los Juegos Nacionales en kite, días después de un accidente en moto. En 2022 ganó plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Mar y Playa, en Santa Marta, y en los Panamericanos de Santiago 2023 quedó sexto en Fórmula Kite, la cometa con tabla de foil que entró al programa olímpico. Ese puesto le dio a Colombia su cupo.
En agosto de 2024, en la bahía de Marsella, el hijo de los mayordomos de Velas y Vientos corrió los Juegos Olímpicos de París y terminó vigésimo. Aprendió en este lago, con este viento de la tarde.
Capítulo 13 · Hoy
Hoy
Un pueblo que recibe casi un millón de visitantes al año y una familia que prepara su parte.
Foto: María Victoria Hoyos.
Turismo
El pueblo que se vació después de la presa vive hoy del agua. Calima El Darién tiene unos 19.400 habitantes y 279 prestadores de turismo registrados, más que ciudades mucho más grandes del Valle. Las fincas de la orilla se volvieron casas de recreo, escuelas de vela y negocios de turismo.
En marzo de 2026, el Valle, La Guajira y el Atlántico firmaron una alianza de kitesurf con la meta de traer a Colombia una competencia mundial. Si llega al Calima, será la primera.
2023
En 1992: unas 5.000 personas cada fin de semana
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visitantes en 2023, unos 51 por cada habitante del municipio.
SITUR Valle, en el Plan de Desarrollo de Calima El Darién 2024-2027; El Tiempo, 1992.
Foto: María Victoria Hoyos.
Hoy
Lo que viene
Berlín II suma unas 423 hectáreas sobre el Lago Calima: unas 181 de potrero en la ladera y unas 242 de montaña, con bosque, más arriba.
La familia prepara un proyecto en cinco fases para abrir la finca a los visitantes. La primera es un camping junto al agua, con apertura prevista a comienzos de 2028. Lo demás llega fase por fase, con permisos, y siempre con el cuidado que merece una tierra con diez mil años de historia.
Fuentes principales: Leonor Herrera, Marianne Cardale y Warwick Bray en la Revista Colombiana de Antropología (1962, 1982, 1994) y en el Boletín Museo del Oro (1989); Rocío Salas Medellín, Arqueología del paisaje (Universidad del Valle, 2017); Marianne Cardale, Caminos prehispánicos en Calima (1996); José Pérez de Barradas, Orfebrería prehispánica de Colombia: estilo Calima (1954); Kathleen Romoli, censo de Cali de 1552 (Revista Colombiana de Antropología, 1974) y el Chocó en el siglo XVI (1975); Pedro Cieza de León, Crónica del Perú (1553); Pascual de Andagoya, relación de 1540 (Navarrete, 1829); Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias; fray Jerónimo de Escobar, relación de 1582; Alonso Valencia Llanos sobre los pueblos de indios del Valle; Isaac Holton, New Granada (1857); Édouard André en Le Tour du Monde (1879); Jorge Isaacs, María (1867); Carlos A. Correa Gutiérrez, historia de la construcción del Lago Calima (Universidad del Valle, 2023); Decreto 3110 de 1954; Anuario Estadístico del Valle (1985); Alcaldía de Calima El Darién, Plan de Desarrollo 2024-2027; informe de la CVC de 1969 y Resolución 284 de 2020 de la AUNAP sobre la pesca en el embalse; Jaime Aparicio y Ramiro Varela en Caliescribe (2011, 2020) y World Rowing (2021) sobre el remo de 1971 y 2021; archivo de El Tiempo (1992, 1995, 1996, 1998, 2004, 2007); crónicas de Wilhelm Schurmann y de la clase Fórmula Windsurf (2004, 2007); El Heraldo (2017, 2018); MinDeporte (2017); Comité Olímpico Colombiano y ClaroSports sobre Víctor Bolaños (2024); El País de Cali (2019, 2023, 2026); Federación Colombiana de Vela, calendarios 2022-2026; Infobae (2021); World Triathlon (2024, 2025); SITUR Valle; escrituras de la finca. Las fechas antiguas son aproximadas. El crédito y la licencia de cada imagen van con la imagen; las recreaciones ilustradas están marcadas como tales.
Noticias
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